La soberbia necesita adornos.
Como
es bien sabido, la soberbia es uno de los siete pecados capitales. Pero
antes que pecado, yo diría que es un enorme desperdicio de energía
tratando de aparentar aquello que en verdad uno no es.
Un
soberbio es un ego inflado. Cuanto más pequeño, más energía hay que
insuflarle. Pero, como todo aquello que se infla, siempre tiende a
desinflarse. Entonces el pobre ego anda todo el tiempo atareado,
tratando de sostener la presión para mantener su imagen.
Necesita
cosas con las cuales adornarse y necesita –sobre todo- de los otros.
Oyentes, escuchas. Súbditos. Necesita de un público. Alguien a quienes
mostrarle lo grande que es, lo importante, lo rico o lo inteligente que
es.
Hombre o mujer, viene en todos los
tipos y colores. Y los adornos que utiliza para sostener su orgullo son
de lo más variados. Desde su flequillo a su auto. Desde su colección de
revistas antiguas a sus habilidades culinarias. Todo puede ser. No
importa tanto la cosa en sí como su forma de presentarlo.
Incluso la modestia –que es su opuesto- puede ser un adorno. “Ojo que, si me lo propongo, puedo ser el más modesto de todos.”
La
soberbia agranda, magnifica, destaca. Necesita de un pedestal, o por lo
menos de tacos altos. Y allí abajo... los súbditos, los comunes, los
inferiores. Porque una de las formas de la soberbia consiste en achicar
a los otros para agrandarse uno o, lo que sería lo mismo, brindarles a
“esos pobres” su mirada magnánima.
Lo
que los soberbios no saben –o tal vez si y por eso están siempre a la
defensiva- es que es muy fácil desarmarlos. Es suficiente con encontrar
cuál es el motivo de su orgullo y agrandarlo. Halagarlos, mostrándoles
lo magnífico que él o ella son. Por más soberbia que sea una persona,
si se insiste suficientemente sobre ese punto, termina desarmándose.
La
soberbia necesita de los halagos. Y cuando no los tiene se enoja:
“¡Usted no sabe con quién está hablando!” Pero si se los aumenta,
entonces se inflan a más no poder, hasta que en algún momento terminan
estallando y se transforman en los pequeños seres que verdaderamente
son.
De algún modo, la soberbia es
semejante a la comida chatarra: engorda, pero no alimenta. El ego se
expande y engorda, pero en lo íntimo uno permanece flaquito y
esmirriado.
Es triste. No vale la pena
tanto trabajo, tanta energía inútil para defender aquello que no puede
ser defendido. Que más tarde o más temprano terminará por deshacerse.
En el fondo, los soberbios despiertan compasión. A pesar de sus
esfuerzos y despliegues teatrales se los ve pequeñitos, frágiles y
sufrientes, encerrados en su gran globo de magnificencia.
En
este mundo impermanente, los hombres vamos y venimos. Somos como esos
hongos que nacen en la noche y a la mañana siguiente desaparecen.
El maestro Dogen escribió: “Es deplorable fatigar para nada un cuerpo humano durante toda una vida”.
Nos creemos importantes, pero un buen día nos tocan en el hombro y nos dicen: “Señor, se acabó, llegamos a la Terminal.”
Eihei Dogen: Monje budista nacido en Japón, (1200-1253).
Escrito por Roshi Bustamante
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